De la autora Rosa Maria Jiménez Marzal

Me pediste que cambiara de forma de vestir, aquello que te atrajo, ahora te parecía vulgar, todo me sentaba mal, era corto, atrevido, demasiado estrecho o colorido.

Me pediste que me cortara el pelo, esa melena que te volvía loco no me sentaba bien, era frívola, escandalosa, siempre enredada, al viento.

Me pediste que dejara mis aficiones, eso que te parecía interesante, dejó de serlo. Era una perdida de tiempo, no lo hacía bien, me ponía en evidencia…

Me pediste que me alejara de mi familia, esa que te abrió la puerta y con la que tan buenos ratos pasaste. Eran una mala influencia, me cambiaba el carácter cuando estaba con ellos.

Me pediste que dejara a mis amigos, te resultaron graciosos pero ahora me roban tiempo, me meten ideas, son un mal ejemplo.

Me pediste que no me maquillase. Me conociste así y decías que tenía el rostro perfecto de un cuadro. Ahora exagera mis facciones y me hace parecer una buscona.

Me pediste que dejara la iglesia. Te encantaba verme cantar en el coro. Ahora te parece que me están influyendo e inculcando ideas perversas.

Me pediste esto y lo otro, haciendo de mí una persona a tu antojo. Una criatura sin alma, sin una personalidad definida, un juguete roto que nadie te pudiese quitar.

Y ciega de amor fui consintiendo cada capricho, arrancando de mi, parte de mi esencia, estropeando mi aspecto, limitando mis capacidades.Pero un dia me vi en un escaparate y fui consciente del destrozo que suponía la relación contigo.

No me vi, era una mujer mayor, vestida de gris, con el pelo corto, sin arreglar… la versión más hilarante de quien era en realidad.

Fue una toma de conciencia frontal. En ese momento me volvió la sensatez.

Cuando llegaste a casa me encontraste con un pantalón corto y una camiseta de tirantes, sandalias, un corte de pelo moderno y maquillada.

Vi tu ira y consternación, me dirijiste un dedo acusador

– ya te estas quitando todo eso, pareces una cualquiera. Te pido…

– has pedido demasiado, me harté, nunca podré ser esa clase de mujer que buscas, asi que te voy yo a pedir algo.

– ¿a mi que me vas a pedir si te lo doy todo?

– Que te vayas…

sorpresas

Visto en algún blog

El muelle de los fantasmas Horacio Obaya - Artelista.com

“Aspirando la brisa del mar se aclaró los pulmones. Entre todas las siluetas arrellanadas en el muelle reconoció a una. Pasmado, se acercó para dirigirle la palabra:

—¡Amigo, no puedo creerlo! ¡Me dijeron que habías muerto! —

— Gente bien informada. A mí, en cambio, otros me aseguraban que tú seguías vivo.–”

Vicente Varas

Por eso la maté (reto literario)

Todos los días era lo mismo, “llenarme el buche de piedritas”; con nada la tenía contenta, en todo le fallaba.  En la escuela, en el trabajo, en la vida… aunque yo diera mi mejor esfuerzo.

Siempre la miraba a los ojos y le preguntaba qué era exactamente lo que quería de mí, pero nunca me lo dijo. 

Sé que ella tenía altas expectativas respecto a mi persona, pero creo que yo no tenía las armas … a diario en el espejo ella vomitaba mi realidad, hasta que lo rompí; necesitaba empezar  a ser yo de nuevo … a ella, la otra imagen, habría que olvidarla, por eso la maté.

Ritual Nivel 01 - El Espejo de los Dioses - vampiro

Redención

A las puertas del infierno un demonio esperaba ansioso la llegada de algunas almas perdidas

Hastiado de la espera inició un andar con rumbo a ningún lado para tratar de matar su aburrimiento. Sin darse cuenta apenas, estaba de repente inserto en aquel tenebroso bosque, negro, despoblado, en el cual se respiraba una total desolación; así vagando por fúnebres senderos, le encontró.

Rodeado de arbustos espinosos, sobre un camino lleno de abrojos, dentro de un paisaje gris estaba ese cuerpo, desnudo, desvalido, reposando sobre la tierra y que lo miraba sin emoción alguna en sus ojos de un café obscuro bello, que no le mostró miedo pero tampoco confianza o algo más.

Piel marfileña sin mácula alguna, largos y negros cabellos enredados al viento descansaban sobre la espalda y los hombros, la tersa piel tenía esa textura en todas partes y en toda la escultural forma. Era en sí un cuerpo femenino perfecto, realmente hermoso… pero sin alma.

El demonio sonrió perverso y malévolo, decidió envilecerla haciéndola suya por la fuerza. Le tomó violentamente, la poseyó 2, 3 veces riendo con maldad. Ofuscó el aire y enajenó su deleite, saturó de vileza aquel inocente cuerpo y satisfizo sus vicios y huyó cobardemente dejándola a merced de la soledad.

Pin en Demonios y Ángeles

Pasaron los días y el demonio estaba inquieto entregado a la desazón. Como todo criminal, volvió a la escena de su crimen; necesitaba ver el resultado de su acción, quería saber qué había pasado. Extrañamente cauteloso, llegó a aquel sitio donde había mancillado a la belleza y ahí estaba aún, de igual manera y sin cambios, reposando sobre la tierra entregándoles esa misma mirada sin miedo y sin confianza. Y el demonio se sintió raramente aliviado.

A lo lejos, casi al inicio de aquel sendero se veía una luz muy luminosa que avanzaba a donde se encontraba el demonio con la compañía de lo que ya denominaba su “pertenencia”. Sintió enojo y frustración porque a pesar de sus advertencias y la mirada llena de furia, aquella luminosidad no se detenía en su avance hacia ellos. Cuando la luz estuvo lo bastante cerca se oyó decirle al demonio

– He venido por esta materia que hace días dejé aquí esperando mi regreso.

– Este cuerpo el absolutamente mío- dijo groseramente el demonio

– ¿Qué te hace creer eso, diablo? – contestó la luz

– El hecho de haberlo poseído por la fuerza, le he hecho mío – rió triunfante

– ¿Le has perdido la inocencia? –

– Sí, y por eso es mío

Aquella luz lloró largamente hincado ante el cuerpo que miraba a ambos, sin atisbo de emoción, y después oró, oró mucho en silencio y postrado sin moverse. Al cabo de un tiempo, alzó la mirada suspiró, miró compasivamente al diablo y levantó el cuerpo. Al instante el diablo se interpuso entre ellos y le dijo

– No te lo llevarás, es mío, me pertenece y lo quiero para mí, para siempre.

– Me lo llevaré- dijo la luz – Esta materia no es tuya porque no ha accedido voluntariamente a serlo

– ¡Eso no importa! Decidí que es mío y no lo voy a perder, es parte de mi propiedad. Yo lo seduje, yo lo envilecí. Me pertenece

– Demonio, este cuerpo se irá conmigo sin luchar contigo. Si es tu deseo luchar por él, no será en este terreno.

El diablo enmudeció cuando sin poderlo evitar la luz se introdujo en aquel cuerpo perfecto y hermoso; cuando vio que en aquellos ojos llegó la vida, cuando de esos labios salió un suspiro; enmudeció cuando lo vio partir.

Enfurecido lo siguió por el bosque, se espinó, se cayó, se hirió muchas veces; todo por tratar de seguir el paso de “su” cuerpo; entró y salió de muchos abismos, perdió y recobró numerosas veces el rumbo, no quería perder aquello, no, no lo iba a permitir, era suyo porque así lo había hecho y no permitiría que nadie se lo quitara. En tanto, aquel cuerpo bello y perfecto, seguía caminando sin volver la vista atrás, no había niebla, lluvia o ventarrón que le detuviera, disfrutaba el sol y canto, mientras andaba hacia un lugar donde sabía estaba la vida.

El demonio estuvo tantas veces a punto de perder su pista, anduvo de prisa, e incluso vio a veces que la distancia se acrecentaba del cuerpo que él decidió era suyo por la fuerza más que por voluntad; más de repente, después de días de perseguirlo y tratar de arrebatárselo a la luz por la fuerza, se dio cuenta de lo inimaginable y quiso enloquecer. Aquel cuerpo se detuvo, miró hacia atrás y le entregó una mirada llena de total compasión.

Con las manos crispadas sobre las sienes se encontró de repente en un paisaje diferente. Se encontró sin identidad ni pretensión, sólo con una necesidad que nunca había sentido.

Y entendió todo al momento

Ese vacío en su alma, esa maldita desesperación por no dejar ir el cuerpo, esa desgraciada ansiedad en su pecho, la rebeldía en su cabeza… ¡qué insensatez! ¡que reverenda estupidez! 

¡JAJAJAJAJAJA! – rió desenfrenado …-¡No es cierto! jajajajaja ¡No es cierto, maldita sea!

De ser un ovillo desesperado se incorporó lentamente…  vio desencajado que había cruzado las puertas del cielo; “su” cuerpo era un ángel que debía salvarlo y dejó la materia esperándolo para poder llegar a su fin; comprendió ahogado en llanto, que persiguió y encontró el amor, a su amada, y que por los caminos difíciles, heridas y perdidas, se ha redimido; entendió que Dios lo ha recibido además de permitirle para siempre, quedarse con aquel ángel corpóreo que a partir de ese instante, decidió volverse suyo con el permiso y bendición del Alto Señor. 

Al fin

Caminando por una plazuela, donde regularmente se encontraba con personas conocidas, vino aquel sorpresivo malestar que la hizo caer inconsciente ante la mirada atónita de todos, que presurosos prestaron ayuda.

– ¡Rápido, un auto! Un médico, un médico! ¡Algo!

Un hombre pálido y nervioso ofreció su ayuda inmediatamente, minutos después se miró en una situación extraña, pues de pronto estaba en su carro con ella que no abría los ojos; los demás lo apuraban a irse y así lo hizo.

Condujo sin saber a dónde acudir, su mente vagaba de aquí a allá, buscando una manera de actuar adecuada. Llegó lejos de cualquier lugar conocido. Hacía mucho calor, el sol caía a plomo… se sentía torpe y perdido.

Llegó a un lugar solitario, detuvo su auto, abrió las ventanas y roció con agua la cara de aquella mujer para reanimarla, pero estaba dormida profundamente. Las mejillas sonrojadas le decían al hombre que el sopor la tenía presa, la frente perlada de gotitas de sudor, mostraban los efectos del calor sobre ella.

Reclinó el asiento para ponerla más cómoda, la cabeza se echó pesadamente hacia atrás y quedó quieta; en ese momento y sin pensar, la besó… después de mirarla largo tiempo volvió a besar sus ojos, su nariz su boca. No esperó reacción, fue su gusto y su gana.

Y pasó delicadamente su mano por el cabello revuelto, la bajó lento por el cuello de piel tersa y blanca, por entre los senos, tocó su abdomen y regresó a la cabeza. Cambió la mano por su nariz que se adueñó del aroma de su pelo, olfateó ávidamente aquel perfume que emanaba de su cuello y de entre sus pechos. Y no aguantó más.

Desabotonó la blusa, hizo a un lado el sostén para admirar ese par de senos que hacía tanto le gustaban… quedó hipnotizado.

Autómata, acarició ese cuerpo inmóvil, tocó y manoseo todo lo que pudo, lamió los pezones que involuntariamente se endurecieron ante el contacto húmedo y cálido de la masculina boca. Rozaba la espalda como si fuera un terciopelo fino.

Sus dedos pasearon en la entrepierna para cruzar el umbral de aquel monte venus que lucía virgen y delicioso. Una tibieza exquisita lo inundó y disfrutó todo lo que hacía.

Besó cada centímetro de la delicada piel, cada resquicio y hoyuelo fueron tocados por sus dedos, mordisqueó sus muslos, implantó sus respiración en cada poro, hizo de cada segundo de placer, una eternidad de gozo.

Como puedo dentro del pequeño espacio que ofrecía el auto la penetró una y otra vez de una manera que mostraba ternura contenida, pasión desbordada, miedo y perdón. Había estado loco por ella tanto tiempo sin tener nunca una esperanza, y ahora la tenia ahí para él.

Llegó a su clímax egoísta pero no prematuro, le regaló sin saberlo ella, lo mejor que tenía que dar… y después de aquella rica conclusión de evento, quiso reposar en aquel pecho suave y adorado, y al abrir los ojos, al acercarse a ella, vio que ya estaba despierta y consciente de todo lo que había pasado.

Quiso decir algo, pero unos labios rojos le taparon la boca cuando de ellos salió una susurro casi inaudible

– Por fin de decidiste… tanto tiempo después; vuelve a hacer todo lo que hiciste, desde el inicio.

El sonrió feliz, y su deseo renació….Y ambos, esta vez, ambos en total consciencia, fueron llevados nuevamente al cielo.

Puedes recibir una multa si practicas sexo en el coche?

La muerte de Aurora

La muerte la esquivaba, no tenía prisa por ella; sin embargo Aurora la perseguía insistentemente, buscaba la menor oportunidad de encontrarla, de provocarla y tratar de hacer que hiciera su voluntad.

Aurora no quería la vida, no tenía motivo ni voluntad. La persistencia en querer de morir se debía a lo vacío de su existencia, y se afanó en buscar la muerte por donde fuera.

Parecía un mal chiste del destino, pero aunque utilizó muchas estrategias para perder su propia vida, las vías del subterráneo no fueron aptas porque ese día no hubo servicio; al poner un cierto tipo de veneno en su comida, éste fue nulo por algún componente del guiso y sólo le provocó malestar estomacal; la cuerda de la cual se colgó se deshilacho con su peso;

Aprendió brujería, santería… invocó a Dios, a Satán, todo lo que pudiera ayudar a morir ¡YA!

No podía con tanta soledad en su cuerpo, no podía nada sin voluntad que la empujara… era una fracasada hasta para matarse ¿qué caso tenía vivir?

Un intento más de muchos que vendrían si volviera a fallar. Se alistó muy de noche, colocó en su cuello y muñecas, joyas de alto valor en piedras preciosas, oro y plata; se vistió de manera provocativa para lucir sus senos y piernas. Provocaba de nuevo a la muerte.

Se adentró en un lugar lleno de corredores estrechos y obscuros, de esos en los que la mayoría de la gente normal evita por miedo. Aquel lugar tenía poca luz, daba miedo.

Aurora vio una sombra huidiza, la siguió, pero se escabullía veloz. Supo que era la muerte que de nuevo la rechazaba.

Algunas luces de las casas vecinas se empezaron a apagar porque en el ambiente se sintió un terror espeso y singular. Pero Aurora no se rindió, de nuevo perseguía su muerte.

De pronto, perdida de tanto correr entre callejones y no saber dónde se encontraba, miró a lo lejos un grupo de muchachos que al verla llena de joyas se abalanzaron sobre ella.

La golpearon, la vejaron, la maltrataron pero no la mataron y Aurora se decepcionó. De nuevo nada.

Tenía que intentar una nueva estrategia para morir, porque ya no podía más. Le dolía todo el cuerpo, y el alma. Tantos años ya y seguía viva. ….

– – – – – – – – – –

Es de mañana, el cuerpo de Aurora ha sido encontrado frente a su mesa después de dos semanas que nadie supo de ella. Había una bolsita de cacahuates casi llena y un vaso de agua.

El cuerpo de Aurora mostraba signos de intoxicación en piel y garganta. Su mano tenía una aspirina; la autopsia mostraba otra atorada en su garganta… Le dolió la cabeza, pero una alergia a los cacahuates que no conocía, le impidió tragar la aspirina.

Aurora murió, cuando menos lo supuso